Regreso casi tres meses después a este blog.
La constancia bloguera me es ajena. Y como no publico artículos no puedo alimentar este espacio con este material. Escribo por la insistencia del Riverita, metaperiodista malagueño, amante de la tinta, sin tinte, porque anda sin pelo, que de pequeño en vez del barco de los Clics le regalaron una linotipia de bolsillo, que no ve una película doblada y que es capaz de explicarte Japón como si fuera Carranque. Habla de su edificio y parece que estás en Nueva York, con un portero que pregunta sobre rodajes de cine y un inquilino que responde desde la noctámbula pasión del narrador. Para él, los periódicos son pequeños mundos de vida efímera, no son actualidad sino vida pegada al papel que cada día agoniza frente a la luminosa pantalla del ordenador. Cuanto más se lee, menos periódicos se venden. Este oficio se ha acabado y nunca ha sido normal.
Han pasado tres meses y todo sigue igual. Combatimos una crisis que pensamos es económica cuando todos sabemos que es de valores, y no precisamente de valores de bolsa. Eso del colchón es cierto, si no que se lo digan al alcalde de Alcaucín, expulsado del PSOE pero que ya ha causado todo el daño posible. Los dineros duermen el sueño de los justos en colchones de algodón en las camas de presuntos corruptos aplaudidos por sus vecinos. Obama inyecta e inyecta y Zapatero hace lo propio y la noticia de los parados importa ahora más que nunca. Antes nos cegábamos con los fogonazos del crecimiento con dos dígitos y nos importaban poco los hombres y mujeres que formaban parte del paro estructural. Hemos invertido mucho tiempo pero hemos invertido los valores. Aquí el esfuerzo se cotiza a la baja. Como dice don José María, no de Escrivá de Balaguer, estamos ante un cambio de modelo y, por lo tanto, no valen las reglas de ahora.
Penélope ha ganado un oscar por un papel que denuncié ante la Fiscalía bloguera. Está visto que la Academia de Hollywood no está involucrada en la trama. Este año hubiera pegado el robo de las estatuillas. En cualquier caso Pe, me alegro por ti y por Riverita, que te vio en inglés mientras hablabas en español. Sigo escribiendo el viaje a Washington en borradores del blog. Tengo que cuidar el estilo, lijar el texto, quitarle comas, nunca poner un coma entre sujeto y predicado, leer a Millás para ver que copio u homenajeo, nunca poner una u como la de antes. Nunca se aprende a escribir o nunca se sabe escribir. Por más que lea cómo se construye una metáfora ésta siempre está en terreno rústico y pendiente de ser legalizada. Me falta un consejero de ordenación de mi territorio poético. Si se tratara de un observatorio de la poesía, mi cargo de confianza sería Rafael Inglada. En verano lo vi en la tele, haciendo de experto de Picasso en ‘Identity’. Siempre me ha hecho ilusión ver a alguien conocido en la tele. Y más si es en La Primera. Picasso es una fabulación de Inglada. Inglada-Borges se lo inventó una noche frente a la Catedral y nos ha metido a todos en una ensoñación. Creo que antes que Picasso fue Inglada.
Ha llovido hoy y el Facebook me ha recuperado parte de mi memoria, como las olas devuelven a la orilla los restos de un naufragio. Mi memoria de escolar. He abierto el buzón de mensajes y me ha escrito una compañera de aquel tiempo, desde parvulitos hasta octavo, que no veo desde hace casi veinte años. Me ha resumido su vida en una frase, sin olvidarse de lo más importante, su familia, su trabajo, donde vive. Tiene pues los pies en la tierra y sus sueños tienen rostro. Recuerdo, y hace poco, un par de días, pasé cerca, el aula de tercero, cuarto y quinto de EGB. No estaba en el colegio como tal, sino un par de calles más abajo, independiente. Son dos casas, una menor, que hace unos años fue sede de Protección Civil. Ahora albergan los despachos del ayuntamiento y unos talleres municipales. Por aquellos años, pared con pared con la residencia del director del colegio, pasamos tres cursos en un mundo propio. Ni siquiera íbamos al recreo con el resto de los alumnos. Éramos una ínsula educativa, la república independiente de la avenida Europa o Rafael Quintana. En contadas ocasiones, nos relacionábamos ni siquiera con el otro curso que estaba en el lado contiguo de la vivienda de Don Francisco, fumador de winston, de edad inconcretable, como siempre son los profesores de la infancia, esa mediana edad, como papá y mamá, sólo si son mayores podemos calcular sus años. Teníamos un huerto y en el patio un níspero. El aula, de techos altos, verdosa pizarra imponente como un pantallón de cine y cuarto de baño al fondo, amplio, blanco como de centro cívico. Éramos muchos pero recuerdo a muy pocos. Manuel Martín Cobos, Miriam Guil Lagos, Ana María Díaz Santiago, Juan José González Villalba, Sonia Fortes García, José Antonio Gómez Fortes, María Belén Chico Quintana, Joaquín Mulero Bastida, María Eugenia González Padilla, Arrá El Larraqui, Laura González Ruiz, Nicolás Cortés Nokes… Si me paro un poco podría casi recordarlos a todos, porque fueron muchos años viendo esa listas de nombres, esos apellidos. Espero no haberme equivocado en el orden de los apellidos, y los no citados, si me leen espero su comunicación. Otros los recuerdo sólo de nombre. Dirán ustedes que se me olvida el maestro. Don José Melgar Galbeño, de Ronda, de quien no tengo noticias desde segundo de bachillerato.
Este sano ejercicio implica el tiempo que nunca volverá, remover la tierra de los recuerdos, abrir esa casa habitada de la memoria, levantar persianas y refrescar el presente. Porque fueron años de aire fresco. Seguro que durante lo que queda del día se me suceden momentos, caras, rostros, incluso voces, el tacto de la piel y el deseo, la sensación primera de la angustia, y aquellas tardes de primavera subiendo la calle hasta un sótano que luego fue iglesia para aprender que Cristo está muy alto. En aquellos años nos hicimos tan fuertes como la vida permite para poder seguir avanzando por ella. Es en esos años cuando el ser humano descubre sus miedos y no se desprende de ellos hasta que no aparecen otros. Siempre hay miedo, pero debemos perderle el miedo al miedo. Hasta los veinte años se vive. A partir de ahí empiezas a soportar a la gente.
He vuelto a este blog melancólico. Y eso que no he contado más historias, sólo he desplegado el reparto. Se ha escrito tanto de la niñez y la infancia que se ha devaluado. A lo de antes le falta algún adjetivo: suave, inocente, blanquecina, cándido, seminal, ochentero, ilusionado, estimulante, arriesgado, sentimental, infantil, educativo, romántico, azulado, triste, alto, hermoso, fuerte…
El título de Aquellos maravillosos años, serie que se emitía por entonces, se ajusta a todo lo anterior.
Espero volver antes de tres meses.